La prisión de nuestras mentes

Carmen Padial

Lo que siempre fue libre, ahora es el más fiel esclavo de sí mismo, de su entorno por no saberse la mayor de las fuerzas, de su ensimismamiento cuando se recrea en letras que se vierten sobre hojas, hojas que antes fueron vida y ahora tan solo son cosas yermas.

La palabra puede tener vida, siempre que se prenda de un sentimiento o idea, pero nos abrazamos a la palabra que fue vida de otros, y nos tornamos ladrones de bocas ya muertas, y entonamos canciones que no suenan más que a lamento y triste ovación.

Hemos olvidado que debemos crecer, como crece el niño de cada tiempo, como crece el árbol, como crecen las aguas bajo el influjo de la luna, como debiéramos crecer bajo el influjo de la pasión que enarbolan unas ideas. Yacen por los suelos los corazones, cuasi de piedra parecen, la pasión no se vierte regando y fortaleciendo la rebeldía que hiciera levantarse al pueblo con el sonido de una sola voz y el vibrar de otros tantos corazones que le rodeen.

Por ello digo que no somos mentes que se crean libres, porque las apresamos y oprimimos bajo el yugo de lo marcado, lo predicho, lo dispuesto, olvidamos hasta nuestros nombres para adoptar el de otros. Hay quien incluso responde al llamado de otro apellidar, olvidando el grito que le desgarra por dentro.

Nosotros que nos creemos el más perfecto conductor de la liberación, somos conducto atrofiado empachado por la alimentada oxidación.
Nuestras mentes adolecen de utilidad, más allá de los dogmas que se establecen, por eso no crecen, maduran y producen como cualquier otro ente vivo de la naturaleza. La mente no está sujeta al cuerpo, que es algo perecedero, la mente es espíritu y como tal a nada mortal está sujeta, pero nosotros la hemos engrillado, enjaulado y tirado la llave a los pies del trono de quienes disponga en uno u otro tiempo y forma.

Ninguno creó su propia mente, ella se nos dio al nacer, nuestros padres la moldearon, la vida la moldeó, quienes tratamos marcaron alguna esquina o rincón, esa obra maestra y única no está a nuestro servicio en tanto la apresamos ¿Quién metería en un cajón, hasta el fin de sus días, una obra de Leonardo Da Vinci siendo el único de los placeres en el mundo para él? Así matamos esa obra única y le amputamos la capacidad de darnos la libertad que buscamos.

Dejemos de usar corsés, fajas, cadenas y el viejo patrón del orden establecido y entonemos la dulce canción del que es libre, se sabe libre y lucha por su derecho. Porque el hambre que nos asista sea el de la justicia, porque la sed que se sienta sea solo el del orgullo de ser lo que somos y no lo que nos quieren hacer ser, porque todos nacemos libres y ahora tan solo nos pretender hacer muñecos, guiñoles de una mediocre feria. Actuemos ¡pensemos! Como hombres y mujeres libres y demos libertad a las mentes presas, vigilemos no caer más en el mugriento barracón que esta sociedad nos asignó

~ por keltiberianswords en 4 Abril, 2009.

Escribe un comentario